Entre una lluvia y otra, Jerusalén respira. A mediados de diciembre de 2025, el sol se abre paso sobre la calle Jaffa y concede a la ciudad una pausa bienvenida. Quince grados centígrados, sin viento, y tras días de lluvias intensas, charcos, corrientes de agua que empujaron a los peatones fuera de las aceras y paraguas rotos abandonados en las calles, el efecto es inmediato. La gente vuelve a salir. Jerusalén no se queda en casa.
¿Qué ocurre en la calle Jaffa cuando cambia el clima en Jerusalén?
Solo una semana antes, durante la tormenta Byron, la calle Jaffa, Agrippas, King George y Strauss quedaron bajo un sistema invernal severo que obligó a todos a refugiarse en sus hogares. Ahora, antes de que llegue un nuevo frente en poco tiempo, como corresponde al carácter del “General Invierno”, la Jerusalén montañosa recibe un bono estacional. Los abrigos pueden quedarse en casa y la ciudad se lanza a aprovechar esta tregua agradable.
Las sombrillas de los cafés vuelven a abrirse en la calle Jaffa. Las mesas regresan a las aceras. El tren ligero de Jerusalén avanza lleno de pasajeros deseosos de aprovechar cada rayo de calor. La gente se apresura hacia las tiendas de ropa, al correo, a hacer gestiones en el ayuntamiento y en las oficinas de empleo.
Bastan unas horas de sol para devolver la vida al centro de la ciudad. La escena recuerda al recreo matutino en una escuela, cuando los niños salen de las aulas al patio. Por un momento, Jerusalén parece haber concertado una cita previa con el sol. Jóvenes y mayores, personas que alimentan palomas y usuarios de sillas de ruedas, todos salen a disfrutar de lo que ofrece el clima. Incluso el lavandera, que se retrasó en otoño, aparece finalmente, solo, caminando por el césped cerca de la entrada de la zona de la Puerta de Jaffa.
¿Por qué el sol de invierno cambia el ánimo de Jerusalén?
Hay algo en Jerusalén que, en un día invernal soleado, la vuelve más indulgente. Los bordes afilados de los conflictos, la presión de la temporada de gripe y el tráfico insoportable parecen suavizarse por un instante. Los sonidos que ascienden desde la plaza Safra, sobre el piano instalado como una intervención por el exrehén Alon Ohel, refuerzan esa sensación pasajera de calma.
Este fenómeno jerusalemita ofrece una lectura más amplia de la vida israelí en general: un país que vive de “pausas”, experto en aprovechar el momento, sabiendo que la próxima tormenta ya espera a la vuelta de la esquina. La lavandera solitaria no es solo una señal de la estación, sino un símbolo de la capacidad de encontrar un rincón de tranquilidad en medio del dinamismo constante. A quince grados, Jerusalén no es solo una ciudad de historia, sino una ciudad de personas que buscan un único rayo de calor para templar el corazón antes de que el cielo vuelva a oscurecerse.
Basta inhalar el aroma del café caliente y humeante, soltar una nube de vapor de un cigarrillo electrónico, intercambiar unas palabras y despedirse, hasta la próxima vez.


