En los estrechos pasillos del Mercado Mahane Yehuda, en Jerusalén, entre puestos de verduras y hierbas frescas, hay una planta que en los últimos tiempos atrae todas las miradas: el rashad.
El rashad es una pequeña hierba medicinal que se utiliza de forma tradicional para la salud diaria y el bienestar general del cuerpo.
Para los vendedores del mercado, el rashad no es un suplemento industrial ni un medicamento de farmacia, sino una planta natural a la que se le atribuyen propiedades para limpiar el organismo, fortalecer el sistema inmunológico y aliviar dolencias leves. Desde barrios árabes que rodean Jerusalén, la hierba llega al corazón de Mahane Yehuda y, poco a poco, se convierte en un vínculo silencioso entre comunidades judías y árabes.
¿Cómo se convirtió el rashad en la última tendencia de salud en el Mercado Mahane Yehuda?
Una mañana gris cubre el mercado de Jerusalén. El aroma del cilantro húmedo llena el aire, mientras montones de perejil, menta, za’atar, salvia y eneldo se apilan en los puestos. Pero hay algo que desaparece con rapidez: el rashad. Esta hierba de color verde oscuro no necesita promoción; en cuestión de minutos, se agota.
Jóvenes, abuelas con recetas antiguas, familias de distintos orígenes y chefs en busca de ingredientes auténticos hacen la misma pregunta: ¿ha llegado hoy el rashad?
El rashad es una hierba medicinal silvestre utilizada desde hace generaciones en el mundo árabe como parte del cuidado cotidiano de la salud. No es un suplemento químico, ni un analgésico, ni una solución inmediata. Sus beneficios se transmiten de generación en generación: ayuda a la digestión, refuerza las defensas y contribuye al equilibrio general del cuerpo.
En los últimos años, el rashad ha cruzado fronteras sociales dentro de Jerusalén. Desde comienzos de la semana, manojos cultivados en zonas árabes como Shuafat, Beit Safafa y Abu Ghosh llegan al mercado y se venden rápidamente en Mahane Yehuda.
¿Por qué el rashad se ha convertido en un símbolo de convivencia en Jerusalén?
La planta ha pasado por una especie de transformación culinaria. Lo que antes se asociaba casi exclusivamente con la comunidad árabe se ha convertido en una tendencia más amplia. El rashad se incorpora a ensaladas, se pica finamente en el hummus con limón y aceite de oliva, y cada vez es más buscado. La demanda aumenta, la oferta es limitada y la hierba desaparece con rapidez.
Cerca de uno de los puestos se encuentra la Farmacia Bakshi. Muchos compradores dejan de lado vitaminas y suplementos y prefieren un manojo económico de rashad. Según ellos, disminuye la picazón, se alivia el dolor de cabeza y se atenúan otros malestares cotidianos. El rashad es visto como un remedio natural, sin receta. Cuando a un cliente, que ya masticaba un tallo de rashad, se le pregunta cómo soporta su sabor picante, responde con sencillez: “Es comida, no medicina”.
No se trata solo de una elección de salud. Es una forma de ver la vida.
Y en Mahane Yehuda, entre cestas de rábanos, coliflores y pimientos picantes, el rashad aparece y desaparece. Verde, modesto, sin pretensiones. Tal vez sea esta pequeña pero resistente planta la que recuerde a los habitantes de Jerusalén una verdad esencial: la salud es necesaria para todos, judíos y árabes por igual. Y Hassan, uno de los vendedores, la ofrece a cualquiera con una sonrisa y deseos de buena salud, casi sin beneficio.


